Paisajes reactivos: tecnologías responsivas y ambientes de seguridad.


Paisajes reactivos: tecnologías responsivas  y ambientes de seguridad. Por: Gonzalo Carrasco Purull + Pedro Livni.

 

Desbordes.

Las últimas crecidas del río Mississippi – las peores desde 1927 – han obligado a las autoridades norteamericanas medidas drásticas para proteger los grandes centros urbanos, como la ciudad de New Orleans. Acciones radicales dentro de las cuales se encontró la apertura de los diques del río Atchafalaya, dentro de los que destaca el dique de Morganza (Luisiana), infraestructura que no se abría desde las inundaciones de 1973. Esta decisión crítica –  que significó inundar una superficie de 7.700  kilómetros cuadrados, afectando a unos 11.000 edificios y 25.000 personas – se llevó a cabo por el Cuerpo de Ingenieros del Ejército norteamericano con el fin las catastróficas consecuencias producidas por el Huracán Katrina en el 2008, desastre que inundó a un 80% de Nueva Orleans y costó la vida a 1.500 personas.

El dique y el Bulldozer.

El pasado 19 de mayo el periódico dailymail.co.uk publicó una serie de fotografías que registran los esfuerzos de los habitantes de la localidad de Vicksburg por detener las aguas provenientes del río Yazoo, una fuente tributaria del río Mississippi.

Empleando maquinaria pesada, los granjeros han protegido sus propiedades mediante la construcción de una serie de trincheras. Toneladas de tierra y sacos de arena circundan las casas, protegiendo tanto a sus moradores como a la propiedad. Una protección que no alcanza a los cientos de hectáreas perdidas bajo las aguas de las crecidas del Mississippi.

El dique – una tecnología que data de los albores de la humanidad – sirve para delimitar una zona de seguridad, que en estos casos coincide con el jardín, aquel entorno natural específicamente domesticado. Es así como al interior de estas verdaderas islas en que se han convertido las casas de Vicksburg, el desastre no ha borrado del todo aquellas señales más características del jardín norteamericano, como es la superficie de cuidado césped que rodea a las viviendas. El jardín detrás del muro del dique se vuelve así un paisaje de la seguridad, una distancia y un espesor vital, que comparte lugar con los objetos cotidianos que han quedado allí olvidados: quitasoles, piscinas, huertos, juguetes, todos objetos que a la luz de la emergencia – y detrás del dique – hacen débiles las relaciones entre estos y los significados que suelen adjudicárseles.

Sin embargo y a pesar de los resultados visuales que alcanzan los diques, no hay que perder de vistas que estas tecnologías responsivas son activadas únicamente por la catástrofe. Es la contingencia del desastre de la inundación lo que las valida como un paisaje reactivo. Mientras dura la emergencia el paisaje reactivo que constituye el dique es evaluado en términos de su efectividad como mediador y controlador de la entropía que domina la catástrofe. Su resistencia, estanqueidad, así como su rapidez de su construcción son algunos de los factores que controlarán su diseño. Una vez que las aguas se hayan retirado – y al desaparecer el riesgo del desastre – lis diques pierden su carácter responsivo para convertirse únicamente en metros cúbicos de tierra acumulada.

Tecnologías responsivas y jardines de guerra.

El fotógrafo Loomis Dean en la edición de febrero de 1951 de la revista LIFE, publicó una serie de fotografías en donde se registraba la construcción de una serie de refugios anti-bombas emplazados en típicos jardines de los suburbios norteamericanos. Eran los años de la Guerra Fría, en donde la amenaza de una catástrofe nuclear a escala global, estaba en las pesadillas gran parte de los ciudadanos estadounidenses. El jardín – en las fotografías de Dean – era activado por la inminencia de la catástrofe. Una serie de tecnologías responsivas activaban este espacio sumamente doméstico como era el jardín posterior de las casas suburbanas, en un espacio de seguridad.

Tecnologías que eran financiadas por el Programa de Defensa Civil y cuya construcción era llevada a cabo por contratistas privados. El “Backyard Bomb Shelter”  era pura tecnología responsiva. Provisto de una serie de artefactos que buscaban replicar la vida doméstica que se dejaba arriba, el refugio en el jardín pretendía trabajar desde la normalidad. El refugio de esta manera era solamente activado por la catástrofe. Hasta ese momento, podía convivir con la cotidianeidad. Junto los muebles de terraza, el refugio anti-aéreo le entregaba al jardín la esperanza de la supervivencia. Como el chaleco salvavidas o el paracaídas – otras tecnologías responsivas – el refugio hacia del jardín un entorno seguro, un ambiente de contención ante al poder disolvente de la entropía que trae la catástrofe. El jardín se constituía así – para la América de inicios de los 50 – en la primera trinchera desde donde se libraría la Tercera Guerra Mundial.

Paisajes reactivos.

Lewis Mumford solía decir que una de las principales funciones que caracterizan a toda arquitectura es su capacidad para modificar el entorno humano. Un edificio, una carretera, una ciudad, son todas expresiones de cómo la humanidad encuentra la forma para adaptar los ambientes donde vive. Así entendida, toda arquitectura – y las tecnologías que la vuelven posible – serían reactivan a unas condiciones identificadas como hostiles para el sostenimiento de la vida humana. Una dependencia de la arquitectura – entendida principalmente como un ambiente que posibilita la vida del ser humano – que así casi absoluta cuando sobreviene la catástrofe. Una instancia en donde la arquitectura prueba toda su capacidad – e incapacidad también – de control sobre la entropía desbordada que, como la caja de Pandora, libera el desastre.

Es así que una arquitectura reactiva en su misión de control sobre la catástrofe, puede modificar no sólo su forma objetual, sino que ir más allá y transformar también su entorno. El ambiente así modificado – en respuesta a la catástrofe y hacia la definición de un entorno propiciatorio para la vida humana – es que es capaz de producir un tipo muy especial de paisaje: el paisaje reactivo. Un tipo de escenario que es producido por toda una serie de instrumentos, herramientas y tecnologías responsivas. Un paisaje que es activado únicamente durante la catástrofe. Un paisaje que trabaja desde el control de la entropía, con grados de seguridad. Un paisaje producido con lo que está disponible, sumamente eficiente por lo mismo en escoger los medios con que es construido. Un escenario en donde la apreciación estética queda en suspenso en las horas que dura la emergencia, reemplazada por otras emociones muy humanas también, de seguridad y tranquilidad.

Los paisajes reactivos por lo tanto no son para ser admirados, a pesar que como cualquier otra arquitectura tiene su propia formalización y plástica. Los paisajes reactivos actúan siempre por resistencia, su labor es de oposición. No buscan ningún tipo de mímesis, sino por el contrario ejercen una violenta acción sobre una naturaleza leída como hostil, como enemiga. Su color no es el verde, sino el gris que es el resultado de todos los colores de los medios, artefactos y tecnologías empleadas.

Los paisajes reactivos se entienden preferentemente desde el aire, desde la visión de quien queda fuera del desastre. Un enfoque que vincula al paisaje reactivo con las formas con que algunos de las corrientes artísticas de fines de los 60 leyeron el ambiente y el territorio. El paisaje reactivo es por lo tanto pura experiencia, pura situación. Es transformación, modificación, alteración, desplazamiento, acumulación. El paisaje reactivo es anónimo, es generado desde y para la colectividad. En los paisajes reactivos el plan es sustituido por la estrategia, las decisiones por lo tanto se suelen dar a pie de obra. Su lógica es el del campo de batalla.

En la actual redefinición que está llevándose a cabo en torno al campo de acción de la arquitectura frente a un mundo en que la catástrofe – ecológica, bélica, humanitaria – está marcando las agendas globales, es que es necesario incluir en la discusión a los productos de todo este tipo de tecnologías responsivas. El paisaje reactivo por lo tanto es la última escala desde donde la arquitectura – y siguiendo a Mumford – modifica su ambiente para sostener lo que al final importa: la vida del hombre. VKPK.

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Un pensamiento en “Paisajes reactivos: tecnologías responsivas y ambientes de seguridad.

  1. Muy buenas fotografías conseguiste!. Es muy increíble lo que la gente ingenia para proteger su hogar y modo de vida. Me quedé pensando en las primeras… No vi botes o canoas… ¿Esperarán a que baje el agua para reabastecerse?

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