Líneas de fuga: una carta a mis estudiantes de arquitectura desde la crisis


A más de un mes del estallido social en Chile, me he visto en la necesidad de dirigirme a mis estudiantes, antiguos y actuales. Desde el año 2006 me he dedicado casi exclusivamente a la investigación y a la docencia. Por mis aulas, he visto pasar a cientos, sino miles de estudiantes, en un trabajo que me ha brindado grandes satisfacciones como algunos momentos de desaliento. Compartiendo con mis alumnxs asimismo muchos exitos, como también circunstancias en donde he tenido que reconocer mis propios errores. En un proceso que eso si, siempre ha sido de un profundo aprendizaje colectivo.

Si bien esta carta nacio como un medio a través del cual poder hacer llegar mi voz a mis estudiantes de un curso de teoría contemporánea que dicto este semestre, creo que necesito hacer llegar también estas palabras a mis antiguos ex alumnos de las diversas escuelas de arquitectura donde he estado. Con el fin de poder colaborar en lo que creo personalmente que puede hacer la teoría hoy : como es el ayudar a la construcción de sentidos, en momentos en donde precisamente pocas cosas parecen tenerlo. Para mis estudiantes presentes y pasados, muchos de ellxs arquitectxs ya tituladxs, les dedico estas palabras escritas en la media luz de un acontecer frágil como una pista de hielo a inicios de primavera.

 

 

“La historia de las culturas es un campo de batalla donde diversos poderes se interrelacionan, y, muchas veces, los puntos de interrelación son también puntos de conflicto ”.

 Manfredo Tafuri

 

Desde el viernes 18 de octubre, el país se ha visto convulsionado por un intenso proceso de ruptura social, donde lo que ha sido puesto en entredicho es un modelo de crecimiento económico en que la acumulación del capital ha producido grandes niveles de desigualdad. Una situación en donde la arquitectura y el urbanismo han colaborado durante los últimos treinta años no solo al desarrollo de una economía descrita como un oasis, sino que también a dar forma a una ciudades fuertemente segregadas y socialmente injustas.

En el contexto de nuestro curso, habíamos debatido precisamente dentro del semestre, acerca de las profundas contradicciones que existen para pensar, imaginar y hacer arquitectura y ciudad bajo las actuales condiciones económicas. Habíamos discutido reiteradamente en cómo con el posmodernismo, se había no solo clausurado una cierta determinación histórica de la arquitectura, sino que también, se había puesto en suspenso la misma posibilidad de pensar futuros. Una condición de un “lento repliegue del futuro”, que impactaba fuertemente en la misma naturaleza de lo que entendemos por proyecto arquitectónico. En donde, frente a la imposibilidad de imaginar mundos distintos al existente, contemplábamos como la práctica y reflexión de la profesión era reducida meramente a una profesión liberal destinada a cumplir simplemente la función de administrar lo existente. En una reproducción del status quo, que dejaba a la arquitectura sin su capacidad histórica de proyectar futuros posibles o alternativos.

No obstante, lo que ha quedado en claro el último mes en Chile, es que aquellos tiempos melancólicos parecen haber quedado atrás, dejándonos como sociedad frente a un escenario inédito, como es el de poder pensar en conjunto como sociedad, un posible destino común.

Tanto ustedes como yo, me imagino,  habrán experimentado este último mes con intensidad. Lo cual se habrá expresado casi siempre desde unos grandes niveles de ansiedad y angustia. Me temo que precisamente esa sensación compartida por una mayoría de la sociedad chilena, de no saber que ocurrirá mañana o la semana y meses venideros, no es otra cosa que una experiencia vital que ni ustedes ni yo conocíamos. Porque la sensación que experimentamos, esa ansiedad, es justamente lo que la posmodernidad nos había despojado. Eso que sienten, no es otra cosa me temo, aquello que solíamos llamar futuro.

Se abrió una brecha, o como un autor decía refieriéndose al futuro:  un verdadero “horizonte de posibilidades”. Una fisura sobre lo que llamábamos realidad, que no es ya aquel promisorio futuro de la modernidad, que amparada en la confianza ciega en una idea de progreso, miraba el mañana desde un optimismo acrítico. El sentido de futuro al cual estamos enfrentados, parece ser más complejo. Ya que en cuanto posibilidad o futuros posibles, emerge como un horizonte ni paradisiaco ni terrible. Sino tan solo como aquel horizonte desde el cual surgirá aquel mundo que resulte de las decisiones que tomemos en conjunto como sociedad.

¿Estaremos a la altura a este llamado a imaginar y construir un mejor futuro para nuestro país? Eso esta aún por verse. Lo que si queda claro a medida que van pasando los días, desde la firma de un primer acuerdo por iniciar un proceso constituyente, es que tenemos como sociedad la misión de acompañar activamente en este proceso desde una mirada histórica. Por que todo lo que hagamos o no hagamos, digamos o no digamos, ya está siendo escrito por la historia. Y el futuro nos está mirando.

Asimismo, lo que ha dejado en claro este último mes, es la importancia más que nunca de poder comprender que nuestras ciudades no son solo piedras, sino que también cuerpos. Cuerpos que se juntan, abrazan, congregan y discuten, pero que también son dañados, sufren o sienten miedo. Pensar nuestra labor como arquitectos y arquitectas junto a la sociedad – y no ante esta – en un sentido de acompañar, más que dirigir y establecer lo que hay que hacer, aparece como un mandato ético desde el cual toda nuestra profesión no puede sino que salir fortalecida.

Porque uno de los objetivos fundamentales que la arquitectura ha tenido desde hace siglos, es el de encarnar una fuerte misión por el cuidado, la protección y la salvaguarda de los cuerpos. Cuidado del cuerpo individual, como también de aquel hermoso cuerpo que se construye por el entrelazamiento de otros cuerpos. Al cual le otorgamos distintos nombres, como pueden ser: pareja, amigos, familia, vecindario, barrio, comunidad, sociedad y ciudad. Cuerpos que ya no son aquellos que la modernidad normativizó desde la abstracción de la masa, como tampoco aquel cuerpo atomizado propio del radical individualismo posmoderno. Sino cuerpos diversos, múltiples, que sienten, sueñan, aman y anhelan destinos que son puestos en común desde aquel maravilloso escenario que es la política.

Porque también habíamos olvidado que el lugar o locus específico de la política ha sido desde siempre la ciudad, es decir,  la polis. Y que el espacio específico de lo político es de los antagonismos, divergencias que debemos como sociedad tratar de mantener desde un ambiente de respeto mutuo y de un cuidado irrestricto a aquellos fundamentos de las sociedades democráticas modernas. Un marco que tristemente ha sido puesto en entredicho el último mes, en donde la razón ha dado paso a la barbarie, mostrándonos precisamente los riesgos a los que pueden quedar expuestas nuestras democracias. Marco frágil que sin embargo, debemos de cuidar y sostener entre todos.

Si bien no he podido reunirme con ustedes como lo hacíamos previo al viernes 18 de octubre – ¡qué lejos se ve ahora! – los he tenido muy presente en mis pensamientos. Espero que cada uno de ustedes, sus familias y comunidades estén bien. Contenernos entre todos y encontrar espacios para apoyarse o simplemente escucharnos, creo que es fundamental. Hoy más que nunca, un simple abrazo o una llamada puede significar mucho. Puede marcar la diferencia entre la angustia y la serenidad, entre la desesperación de sentir que la realidad nos desborda y la constatación de que en el otro y otros, existe alguien que siente lo mismo.

Personalmente creo que esta profunda transformación que como sociedad estamos llamados a llevar adelante, no solo la podemos realizar desde un saber técnico o desde la mirada propia del especialista que rápidamente quiere proponer que hacer. Sino que deberá ser también una transformación radical de los afectos. Donde tendremos que recurrir a palabras que parecían que habían quedado en desuso. Palabras sin las cuales cualquier nuevo pacto social quedara trunco. Palabras como justicia, verdad y reparación, pero también: ternura, amor, solidaridad y compasión. Y sobre todo compasión. Un padecer juntos, que nos obligará a mirarnos a los ojos y entender que detrás del adversario también existe un ser humano, el que a pesar del disenso, puede sentir, amar y también sufrir. El futuro de Chile tendrá que ser una transformación sensible, o no lo será.

Volcarnos fuertemente a esta tarea, de abrirnos a la posibilidad de pensar o imaginar en común un futuro aún por hacer, creo que es un momento hermoso para ustedes que están precisamente a medio camino en convertirse en arquitectos y arquitectas. No puede ser más único y formador para ustedes como generación, el vivir este momento. Abracenlo, haganlo suyo. Porque serán mejores que al menos los arquitectos y arquitectas de mi generación, formados desde un profundo individualismo. Ustedes tienen la ocasión para pensar y hacer una arquitectura fuertemente ligada a los problemas, dolores, necesidades, sueños y anhelos de nuestro país. No puedo imaginar circunstancias mejores para que un o una joven arquitecto o arquitecta puedan ejercer la profesión: donde las tareas y prioridades emergen definidas con la precisión del cincel. Una realidad de canto fuertemente perfilado, para los cuales ustedes estan destinados a darle forma. Acompañando, apoyando, sugiriendo, resolviendo, pero sobre todo, escuchando.

Desde aquí les envio un fuerte abrazo a cada uno de ustedes y sus familias.

 

Fotografía: Emile Straub (flirck.com/photos/ocne)

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