Arquitecturas Reactivas y Tecnologías Responsivas: trabajando desde el peor escenario posible.


Arquitecturas Reactivas y Tecnologías Responsivas: trabajando desde el peor escenario posible. Por: Gonzalo Carrasco Purull + Pedro Livni.

 

El peor escenario posible.

En lo que va del año el mundo ha sufrido un proceso de aceleración en donde procesos que antes requerían 5 a 10 años para desarrollarse, en la actualidad pueden completarse en el lapso de semanas, o días. Procesos de aceleración que están constantemente modificando las prioridades y jerarquías de las sociedades. Un mundo construido sobre todo a través de  incertidumbres más que certezas. Un mundo caracterizado por seguir una agenda en estado gaseoso. Formada por eventos más que por hechos, basada en contingencias más que sobre principios.

Es dentro de esta escena en constante cambio y aceleración, en donde la catástrofe ha tenido un rol protagonista. Por una parte, las revueltas en la zona del Magreb y la posterior guerra civil en Libia han producido una migración de refugiados de tal envergadura, lo cual ha desencadenado una grave crisis humanitaria. Por otra parte, el  terremoto y posterior tsunami de Japón en marzo pasado produjeron desastrosas consecuencias en materias  prioritarias tales como vivienda y servicios básicos, esto en medio de una de las sociedades más desarrolladas del planeta. Además, los recientes desastres naturales tales como tormentas, huracanes y erupciones volcánicas, han puesto a prueba a las naciones del planeta, evidenciando la precariedad de sociedades en donde se suponía que las principales necesidades estaban cubiertas.

Es así que cabe preguntarse ¿qué le sucede a la arquitectura frente a un escenario dominado por la incertidumbre? ¿se puede seguir sosteniendo una disciplina en base a unos supuestos principios o hechos de la arquitectura? ¿Puede la inminencia de la catástrofe cambiar las prioridades, criterio y medios que hacen posible a la arquitectura? ¿Puede esta cambiar de estado?

A salvo en 24 horas, solo agregue agua.

Encontrar un refugio donde estar seguro en medio de una catástrofe puede ser una decisión que puede marcar la diferencia entre la vida y la muerte. Un fácil transporte que permita llegar a tiempo a la zona siniestrada, una fácil instalación que no requiera una mano de obra especializada, así como unos medios que posibiliten un entorno seguro para la vida, son algunas de las principales características que se busca en las arquitecturas post-desastres. Este es el desafío que se plantearon los estudiantes de postgrado Peter Brewin y Will Crawford, en el marco del curso de Ingeniería en Diseño Industrial del Departamento de Ingeniería Mecánica y el Departamento de Ingeniería en Diseño Industrial del  Imperial College de Londres.

Desarrollado durante 10 años, el “Concrete Canvas Shelter” (www.concretecanvas.co.uk ) es un refugio pensado para entregar un ambiente seguro en las primeras horas que siguen a un desastre. Construido a partir de una tela con propiedades hidráulicas – la cual fragua 24 horas después de humedecerse – el “Concrete Canvas Shelter” (CCS)  necesita sólo dos personas para su instalación. Luego de sacarse de su embalaje, la CCS se infla hasta adoptar la forma de una tienda de campaña. Posteriormente se humedece en su cara exterior con agua de cualquier tipo, sea esta potable, contaminada o de mar. Luego de 24 horas, la tela adquiere la resistencia e impermeabilidad propia del concreto, haciendo del CCS un refugio de excelentes características para ambientes hostiles.

El principal componente del CCS es la tela que lo envuelve, el Concrete Cloth (CC). Un textil impregnado de cemento, el cual una vez que el cemento fragua ofrece una delgada membrana a prueba de fuego, agua e impactos. El CC se fabrica en rollos de 1.0 y 1.1 metros de ancho y 200 metros de largo. Sus espesores varían entre los 5 mm, 8 mm y 13 mm.

Si bien el CCS puede parecer a primera vista un ejemplo más de arquitectura inflable, su comportamiento después que el CC es humectado hace que sea más bien designado como construcción de concreto inflable. Actualmente  la Concrete Canvas Co. produce el CCS en dos tamaños: de 25 metros cuadrados y de 54 metros cuadrados de superficie, módulos que además pueden conectarse en fila, ampliando así las áreas disponibles.

Sin embargo y a pesar de lo ventajoso que sería el CCS como solución para el trabajo en terreno de muchas ONG de carácter humanitario, el CCS aún es un artefacto sumamente costoso, siendo su precio de unos US$16.000 por unidad. Lo que lo ha hecho hasta ahora, principalmente una solución más idónea al mundo militar más que civil.

Limpia y pura, en todas partes.

De acuerdo a los datos manejados por la UNICEF en el año 2008, 884 millones de personas en el mundo aún consumían agua extraída de fuentes no potables, una cifra en que un 37% de esta corresponde a la población que vive en el África sub-sahariano.

El consumo de agua no potable se traduce en diversas enfermedades, muchas de las cuales son de carácter mortal. A escala global esto significa que uno de cada nueve niños que mueren en el planeta, muere a causa de la diarrea. O sea, una cantidad equivalente a unos 1,5 millones por año. Un tipo de muerte en la población infantil que de acuerdo al informe del 2009 de la UNESCO, es superior al número total de niños muertos por el SIDA, la malaria y el sarampión, todos combinados. Pérdidas humanas que además van acompañadas por importantes pérdidas económicas producto del ausentismo laboral, justamente en países en vías de desarrollo.

A estas cifras hay que agregarle el hecho de que a escala global un 43% de la población mundial no está conectada a alguna red domiciliaria de agua potable. Es dentro de este escenario que la empresa Vestergaard Frandsen (http://www.vestergaard-frandsen.com) ha desarrollado el purificador de agua personal “LifeStraw”, producto que tiene un tamaño similar al de una lapicera y un peso de alrededor de los 100 gramos. Para poner en funcionamiento el LifeStraw sólo basta con colorar un extremo en la fuente de agua y succionar por el otro extremo. El agua pasa primero por un filtro de yodo que elimina las bacterias y otro de carbón activo para mejorar su sabor. El LifeStraw elimina el 99,99% de las bacterias y el 98,5% de los virus, además de bloquear el paso de partículas de hasta un tamaño de 15 micras. Sin embargo el LifeStraw tiene la limitante de que no es capaz de eliminar la presencia de metales pesados dañinos como el arsénico y el plomo, los cuales pueden producir graves enfermedades si se consumen en grandes cantidades.

Cada unidad personal del LifeStraw tiene capacidad para purificar unos 700 litros de agua. Una capacidad que Vestergaard Frandsen ha ampliado a través de la fabricación de equipos LifeStraw de tamaño familiar, capaces de purificar hasta  18.000 litros de agua, una cantidad suficiente para proveer de agua limpia a una familia tipo de cinco  integrantes durante un período de tres años.

Vestergaard Frandsen también ha desarrollado PermaNet®, una malla anti-mosquito que mantiene sus propiedades insecticidas por años, aunque esta se lave varias veces. Características que hacen del PermaNet® una barrera ideal para la prevención de enfermedades tales como la Malaria, el Dengue, Chagas y la Elefantiasis.

 

Los desechos son el negocio.

Hoy en el mundo, alrededor de 2.500 millones de personas no tienen acceso a un baño. Hecho que tiene como consecuencias la contaminación de ríos y caminos. Un problema que es solucionado generalmente a través de la utilización de precarias letrinas, las cuales – y como producto de las pésimas condiciones de higiene con que funcionan – generan graves enfermedades como el cólera y la diarrea. Aún está en la memoria la reciente epidemia de cólera que asoló a la población de Haití, costando la vida a 1,6 millones de niños. Enfermedades casi todas derivadas de los problemas higiénicos producidos por deficiencias en la accesibilidad a artefactos sanitarios. Lo cual implica  a escala global, la pérdida de un promedio de 60 días de trabajo al año por ausentismo laboral para millones de habitantes en todo el planeta.

Lo que arrojan estos números es una situación de disparidad tecnológica global increíble para la sociedad del Siglo 21. Situación que motivó a un grupo de profesores y estudiantes del MIT a preguntarse si estas condiciones pueden ser revertidas.  Así nació el proyecto Sanergy (www.saner.gy ), una iniciativa que tuvo como primera acción el conocer en terreno la dimensión del problema. Es así como un grupo de estudiantes del MIT viajó en enero del 2010 a Kenia, en donde – y en colaboración con la Universidad de Nairobi – indagaron en cuales eran los factores que actuaban sobre las condiciones de disponibilidad e higiene de los servicios sanitarios.

Es así como el modelo del proyecto creado consta de tres partes: 1) la creación de una red de centros de sanitación concesionados a muy bajo costo que trabajan en los slums  ; 2) la recolección de los desperdicios; y, 3) su procesamiento como electricidad y fertilizantes.

Los centros de sanitación incluyen el acceso tanto a servicios higiénicos como duchas. Los baños están construidos mediante un chasis de hormigón muy delgado, equipo el cual tuvo un costo inicial de US$ 500, costo que en la actualidad ha podido reducirse hasta alcanzar los US$ 150 por unidad. A diferencia de las letrinas y los pozos sépticos, en los artefactos de Sanergy los desperdicios no se entierran, por lo que se elimina el peligro de contaminación de las aguas subterráneas. Los desperdicios son acumulados en unos recipientes plásticos herméticos que tienen una capacidad máxima de 30 litros, lo que equivale a ser utilizado unas 100 veces al día. Diariamente estos recipientes son recuperados y reemplazados por estanques vacíos y limpios, mediante un servicio de recolección formado por pobladores de la misma comunidad, a un costo de funcionamiento de US$ 0,06 por día.

Los desperdicios son luego transportados a plantas en donde este es convertido en biogás, el cual pone en funcionamiento generadores que producen energía eléctrica. Los desperdicios recolectados diariamente generan por cada baño instalado ganancias de US$ 1.250 al año. Esto significa que los desperdicios de 10 millones de equipos, pueden generar ganancias totales de unos US$ 178 millones al año. En la actualidad ya se han instalado 6.000 de estos equipos, la mayor parte en la población de Kibera, el slum más grande de Kenia.

En la actualidad el equipo de Sanergy – proyecto ganador del prestigioso concurso internacional de negocios 100K del MIT –  se encuentra resolviendo otros factores de los problemas higiénicos en los países en vías de desarrollo, tales como la mejora en los procesos de limpieza de las letrinas tradicionales. Desafío para el cual desarrollaron el prototipo P4, un limpiador móvil que consiste en una bomba que se pone en funcionamiento mediante el accionar de una bicicleta. La movilidad del servicio y su funcionamiento se resuelven así en una solución.

Salud inflable.

Las catástrofes no discriminan respecto al tipo de edificio que destruyen: cuando se viene todo abajo, viviendas, colegios y hospitales corren la misma suerte. Y junto con el desastre sobreviene la crisis humanitaria, un problema que se vuelve aún más crítico si es que ha desaparecido la red de hospitales de una región.

Es a esta situación que la ONG Medecins sans Frontieres (www.msf.org) se ha enfrentado reiteradas ocasiones. Es por esto que desde hace unos seis años ha venido desarrollando un tipo de hospitales inflables que pueden ser habilitados en tan sólo 48 horas.  Estas unidades – que tienen la forma de enormes tiendas – alcanzan una superficie de unos 100 metros cuadrados. El aire circula dentro de unos tubos al interior de los muros y cubierta de la tienda, presión que vuelve estable a toda la estructura, la cual puede resistir vientos de hasta unos 100 kilómetros por hora. Estos tubos están construidos con la misma tela con que se construyen los botes inflables, lo cual asegura tanto su resistencia a la presión del aire, como su estanqueidad. Sobre esta estructura de pilares y vigas inflables se instala una membrana de nylon, la cual sirve de acabado para muros y cubiertas. El espesor de estos muros una vez terminados es de 0,46 metros. El módulo básico puede albergar en su interior dos salas de operaciones o una sala post-operatoria de 12 camas. Cada unidad tiene su propia área de descontaminación, la cual garantiza las condiciones de esterilización necesarias.

La primera oportunidad en que MSF empleó por primera vez el hospital inflable, fue en noviembre del 2005 con motivo del terremoto de Pakistán (http://blip.tv/msfuk/tentes-gonflables-3105168) . Ocasión donde MSF instaló en la localidad de Mansehra un hospital de 1000 metros cuadrados de superficie, con capacidad para alojar 120 camas mediante nueve tiendas inflables. La estructura estaba provista además de cuatro salas de operaciones, una sala de emergencias y una unidad de cuidados intensivos, instalaciones que permitieron atender a unas 700 víctimas del terremoto. Desde esa ocasión MSF ha seguido utilizando este tipo de solución para su trabajo en terreno: Indonesia y el sur de Sudán en el 2006, Yemen y la República Democrática del Congo en el 2008, y Gaza y Sri Lanka en el 2009, han sido algunos de los escenarios en donde los hospitales inflables han prestado servicio.

 

Arquitectura para la gente, no espacios.

Hace alrededor de un mes Cameron Sinclair fue designado como asesor de la administración del presidente Obama, a través del Comité Asesor de Ayuda Extranjera Voluntaria (ACVFA), organismo integrante de la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID). Un hecho que ha marcado una fuerte señal sobre el papel que le asigna al futuro de la arquitectura el presidente del país más poderoso del mundo.

Cameron Sinclair (Londres, 1973) fundó hace 12 años la organización “Architecture for Humanity” (http://architectureforhumanity.org/ ). Fundada con un capital de US$700, en la actualidad “Architecture for Humanity” maneja un presupuesto anual de US$5 millones, lo que la vuelve una de las iniciativas arquitectónicas de impacto social más importante del planeta.

Formado como arquitecto en la Universidad de Westminster y con estudios en la Bartlett School of Architecture y en la University College de Londres, Sinclair ha recibido numerosos premios por su labor en Architecture for Humanity, dentro de los que destacan el TED Prize del 2006 (http://youtu.be/PdcqEjmuxjA ), el National Design Award entregado por el Cooper Hewitt National Design Museum el 2008, así como haber sido incluido en la lista que la revista Fortune realizó el año 2004 de las siete personas que ayudarán a hacer mejor el planeta.

La filosofía de Cameron Sinclair se puede resumir en su aforismo “arquitectura para la gente, no espacios”, el cual puede traducirse como un cambio en los objetivos de la arquitectura. Un cambio que pasa por reasignar en donde se colocan los esfuerzos: en el diseño del edificio o en la gente a la cual la arquitectura sirve. Por este motivo, Cameron Sinclair ha colaborado en la asistencia de las víctimas de las principales catástrofes de los últimos años.

Lo que diferencia a Architecture for Humanity del resto de las ONG, es su sistema de organización y administración. El cual se caracteriza principalmente por una descentralización del conocimiento, lo cual hace de Architecture for Humanity más que una organización con sedes locales, una red a escala global. Con 70 grupos trabajando en todo el mundo y casi 4.500 miembros, Architecture for Humanity aprovecha la deslocalización propia de las redes informáticas para emplear profesionales locales para la dirección de proyectos de alto impacto social, que trabajan principalmente en colaboración con comunidades en condición de pobreza.

Todos los documentos de los proyectos están disponibles para cualquier persona, una característica de transparencia que busca generar sinergias entre los miembros al compartir información, conocimientos e ideas. La plataforma para conseguir esto es la Open Architecture Network (http://openarchitecturenetwork.org ), en donde se pueden compartir ideas, diseños y planos; ver y revisar los diseños enviados por otras personas; colaborar con otros profesionales y líderes de las comunidades; gestionar proyectos de diseño desde su concepción hasta su ejecución; así como comunicarse fácilmente entre sus miembros.

 

Arquitecturas Reactivas y Tecnologías Responsivas.

La arquitectura al menos desde el Renacimiento ha trabajado desde el proyecto con la realidad física de la obra, así como con sus representaciones. Cumplir únicamente con la respuesta a una funcionalidad solía hacer de la arquitectura simple construcción. La arquitectura si bien cumplía un fin utilitario, era considerada principalmente como arte.

A pesar de que ya Immanuel Kant había relegado a la arquitectura dentro de la categoría de las “artes utilitarias”, la arquitectura moderna no abandonó del todo ni siquiera en sus momentos de mayor radicalidad la concepción de que la arquitectura es esencialmente un hecho plástico.

Lo que trae la catástrofe para la arquitectura en cambio, es una reconfiguración del campo de acción de esta, en donde lo importante es sobre todo la capacidad de respuesta ante una contingencia específica. Una arquitectura en donde todos los medios se ponen al servicio de objetivos sumamente definidos. Proveer de un refugio seguro en cualquier lugar, poder habilitar un hospital en horas, suministrar agua potable  a una población, o mejorar las condiciones de habitabilidad en países en vías de desarrollo, son algunos de los objetivos con los cuales trabaja una parte de la disciplina hoy en día.

Esta arquitectura post-humanista, que no busca la generación de un lenguaje ni la construcción de un relato o narración, sino que está dirigida hacia una pura finalidad, la podemos agrupar bajo la categoría de “arquitectura reactiva”. Una arquitectura en donde el significado queda en suspenso mientras es reemplazado por la colaboración de unos medios que se saben escasos. Una arquitectura en donde la misma idea de proyecto se sobre-escribe, ampliando así el campo de la obra. Una arquitectura para la cual el diseño más que composición  (ars combinatoria) es la conceptualización de una idea. Un proceso que acerca a la arquitectura más a la labor desarrollada por un publicista, un ingeniero o un empresario.

Para poder ofrecer la mejor solución posible es que toda arquitectura reactiva necesita antes que nada el  poder definir bien el problema que busca resolver, así como ser consciente de los medios disponibles. Condición que exige al arquitecto reactivo poder leer mejor que nadie la época y la sociedad desde la cual trabaja.

La arquitectura reactiva no pretende la construcción de un estado ideal, lo cual la hace profundamente no-utópica. Se maneja desde las posibilidades existentes, lo cual la vuelve más un rango, un campo, que una idealización. Su tiempo es el más inmediato presente, pura contingencia, inmanencia en vez que trascendencia. Característica que hace de ella una práctica abierta y débilmente jerarquizada. Cualquiera puede hacer y usar la arquitectura reactiva. No existe algo así como un ciudadano modelo, un buen salvaje o un hombre nuevo destinado a habitar esta arquitectura.

La arquitectura reactiva es pobremente objetual, a pesar que muchas veces tenga el tamaño de un artefacto. No busca ser fotogénica, ni enmarcarse dentro de una tradición. Es insistentemente actual y por lo tanto resiste débilmente el tiempo. No envejece, se vuelve obsoleta nada más. Su naturaleza es la del prototipo.

Para hacer posible este tipo de arquitectura, el arquitecto reactivo necesita producir o escoger un tipo muy particular de tecnología, que podemos agrupar bajo el término de tecnologías responsivas.  Estas se caracterizan por estar fuertemente vinculadas a una finalidad. A pesar de que mucha de esta tecnología pudo haber sido concebida para otros fines, la tecnología responsiva trabaja a partir de la deslocalización. Sirve de acuerdo a las posibilidades y las oportunidades. Un día la podemos ver actuar en un lugar cumpliendo un objetivo, para después aparecer usada en otro lugar y adoptando una nueva forma. La tecnología responsiva busca estar siempre disponible, siempre a la mano. Su efectividad se mide por su masividad, no en su exclusividad. Su contrario tecnológico sería el I-Pod, el I-Phone y el I-Pad. Comparte por lo tanto el carácter anónimo de las primeras tecnologías. Acepta la hibridación, el combinarse con otras tecnologías. Al trabajar desde lo posible, la tecnología responsiva siempre busca ser más barata. Su fortaleza es la reproductibilidad a bajo costo.

Tanto la arquitectura reactiva como las tecnologías responsivas son activadas por la inminencia de la catástrofe. Es con el desastre en que estas tecnologías son completadas. Están formadas por objetos que son pura instrumentalidad, sin posibilidad para sustentar ningún tipo de relato.

Este tipo de arquitecturas y tecnologías son las que los desastres nos traen, catástrofes que parecen muy lejos de abandonarnos. A pesar de esto, si hay algo que caracteriza tanto a los arquitectos reactivos como a quienes trabajan con tecnologías responsivas, es su fuerte optimismo. Optimismo basado en la certeza de que se trabaja desde el peor escenario posible para ayudar a construir el mejor mundo posible. VKPK.

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