Políticas de lo borroso y de la desaparición: Google Street View y Microsoft Street Slide, los límites de la privacidad.


Políticas de lo borroso y de la desaparición: Google Street View y Microsoft Street Slide, en los límites de la privacidad. Por: Gonzalo Carrasco Purull + Pedro Livni.

 

El panóptico-Geek: Foucault 2.0.

250.000 ciudadanos alemanes solicitaron alterar las imágenes registradas por la nueva plataforma de Google-Maps: Google Street View. Situación similar ha ocurrido en Suiza y Francia, en donde la implementación de esta nueva herramienta – que ofrece un recorrido fotográfico  con vistas en 360 grados de las calles de las principales ciudades del planeta – está causando fuertes protestas por una ciudadanía que siente que su privacidad ha sido violentada. Y es que las cámaras de Google Street View captan casi de todo: rostros, casas, accidentes de tránsito, delitos, sexo en público, en una experiencia panóptica total.

Lanzado por la empresa Google en el 2007, Street View  en sus inicios se implementó en tan sólo cinco ciudades norteamericanas. Actualmente, Street View no sólo registra la totalidad del territorio norteamericano, sino que se ha extendido a diversas latitudes. Europa, América Latina y hasta la Antártica no han escapado a las cámaras de Google-Maps. Un acontecimiento que desde el 2009 ha generado su imagen especular de parte de Microsoft, empresa que ha lanzado Microsoft Street Slide. Un sistema que recientemente ha arribado al continente europeo, escogiendo a la ciudad de Londres como primer lugar a registrar.

Lo que ofrece Google Street View, es fundamentalmente la posibilidad de generar desde la calle vistas panorámicas de 360 grados en la horizontal y de 290 grados en la vertical. Para esto se han desarrollado cámaras especiales para obtener las fotografías y vincularlas entre sí, posicionándola con ayuda de equipos de tecnología GPS.

En sus inicios Google Street View instalaba sus cámaras sobre furgonetas, las cuales recorrían sistemáticamente las calles de las ciudades. Sin embargo, y a la vez que el sistema se desarrollaba, se vio en la necesidad de hacer más versátil el medio de transporte desde donde se capturaban las imágenes. Es así que las furgonetas fueron reemplazadas por pequeños city-car, llegando incluso al empleo de triciclos – o “Trike” – un medio con el cual Google Street View ha podido llegar hasta escenarios de difícil acceso, como parques nacionales, rutas de senderismo o campus universitarios.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Pegman

Pegman es el nombre del hombrecillo amarillo que sirve de puntero para escoger desde un mapa específico, el punto de vista desde donde se quiere obtener la panorámica. Su nombre deriva de la palabra inglesa “clothes peg”, que significa: ganchos para la ropa.

Esta especie de maniquí, ha sido fabricada en una versión gigante y distribuida por las calles de las ciudades durante el proceso de captura de fotografías. Extrañamente, Pegman no tiene ojos, tan sólo franja que sugiere una boca. Un autómata sin posibilidad de visión, ni de discriminación de lo que está ante él.

Esta falta de discriminación de lo observado es lo que ha desencadenado las principales protestas de los ciudadanos. Porque – y a pesar que durante el proceso de “pegado” de cada una de las fotografías capturadas – estas pueden ser editadas. La cantidad de información manejada vuelva casi imposible poder controlar lo que es registrado. Es así que luego del estreno de Google Street View en Brasil, se denunció el registro de unos cadáveres en una de las imágenes disponibles, víctimas de una disputa de pandillas ocurrida al momento de obtener las fotografías.

Un mundo borroso.

En un mundo dominado por la alta definición – la cultura del HD – la estrategia escogida por Google Street View ha sido el de aplicar una tecnología que haga borrosas las manos y los rostros de las personas que han sido registradas. Así como también casas y edificios enteros – que a juicio de sus habitantes,  al hacer públicas estas imágenes – ha vulnerado su derecho a la privacidad.

Si bien Google se ha defendido argumentado que el espacio desde donde son tomadas las fotografías es exclusivamente público, también es verdad que  – como se ha denunciado recientemente –  existe la posibilidad de hackear la dirección IP de las computadoras personales y vincularla a la posición que arroja Google Street View. Haciendo de esta, una potencial  plataforma global de acoso a personas.

Basta con elevar una solicitud a través de Google Street View para que la empresa haga borrosa a la persona o a la propiedad cuya privacidad ha sido considerada vulnerada. Sin embargo, la fuerte resistencia que este programa ha tenido principalmente en algunos países europeos, ha arrojado un manto de incertidumbre sobre el futuro del proyecto. Abriendo la posibilidad de un escenario en que el programa sólo pueda ofrecer un mundo borroso, que se resiste a ser fotografiado. Redefiniendo de paso el concepto de público que tiene la calle, un escenario que vuelve sospechoso a otros registros tales como la fotografía turística o la cámara de vigilancia.

Es así como el límite entre lo privado y lo público ha adquirido un espesor difuso. Un ámbito de la baja definición, de la mancha, de lo borroso.

Sobrescribir, un acto político.

John Azzarella es uno de los artistas más interesantes de la escena contemporánea, con una producción artística que enmarcada dentro de lo conocido como arte digital. Empleando herramientas digitales, Azzarella ha sobrescrito parte de la historia norteamericana desde su laptop. Aplicando la estrategia del borrado, ha manipulado algunas de las fotografías más importantes de la cultura popular norteamericana, en un ejercicio de extrañamiento, fuertemente político. A través del cual, devuelve a los lugares y escenarios que sirvieron de fondo a hechos muchas veces violentos, a un estado de aparente neutralidad.

Es así como Azzarella manipula en su obra “Untitled #15 (Tank Man) 2006”, la famosa fotografía del manifestante chino de pie frente a la columna de tanques, de aquella fatídica jornada de junio de 1989 en la plaza de Tiananmen. O en su obra “Untitled #28 (CE 133-B), 2006”, en donde remueve el arma de las manos de H. L. Oswald, en una de las fotos claves dentro de su proceso de acusación por el asesinato del presidente Kennedy.

Lo que se hace evidente en el trabajo de Azzarella es la fuerte carga política que adquiere  el ejercicio – en principio inocente – del borrado. Porque en una época en que la imagen es tal vez – y tal como lo probó Braudillard con las imágenes de la primera Guerra del Golfo – la única forma de verificación de lo real. Es de esta manera, como el borrado aparece como una de las principales herramientas de sobre- escritura de la historia. Una operación en donde los hechos son suplantados por lo ausente, lo vacante, lo que ya no está más, lo que nunca sucedió, lo que no deja rastros.

La ciudad borrosa y borrada: las nuevas políticas públicas.

Recientemente – en junio del 2010  – los académicos Arturo Flores y Serge Belognie presentaron en la “IEEE International Workshop on Mobile Vision”, una herramienta que permite borrar completamente a las personas o edificios que aparecen en Google Street View (http://tinyurl.com/4xpegtq). Herramienta que vendría a solucionar los principales problemas que ha tenido Google para responder a las protestas por invasión de privacidad. Expandiendo así la operación de sobre-escritura de lo público no sólo a la de generación de una ciudad borrosa, sino de  una ciudad sobre-escrita.

Mientras la escena-cool de unos arquitectos rendidos a la seducción de los últimos gadgets que un  Steve Jobs lanza al mercado, celebra la implementación de una nueva plataforma de representación como es Google Street View. No puede ser obviado la profunda redefinición que los medios están llevando a cabo sobre nuestra experiencia del espacio público, de lo que es considerado privado, de lo que admite ser registrado y comunicado, de los grados de vulnerabilidad que permiten un acceso casi sin límites a la información de nuestras ciudades.

Por otro lado, las respuestas ofrecidas ante las exigencias de ciudadanos que defienden su legítimo derecho a la privacidad, abre conjeturas de no menor complejidad. Porque la posibilidad de manipular –  volver borrosa, hacer desaparecer – registros públicos de la ciudad, da pie también a la posible sobre-escritura de la realidad. Constituyendo un hecho profundamente político, un hecho está contribuyendo a definir las nuevas políticas públicas. VKPK.

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