La casa del Zeigeist: domesticidad y anonimato en las arquitecturas de Osama Bin Laden.


La casa del Zeigeist: domesticidad y anonimato en las arquitecturas de Osama Bin Laden. Por: Gonzalo Carrasco Purull + Pedro Livni.

Video-tape y televisión satelital.

El día 7 de mayo, la cadena CNN difundió un video (http://youtu.be/7gLyDnUNp5M) facilitado por el Pentágono, donde se muestra a Osama Bin Laden en su refugio de Abottabad (Pakistán), lugar en donde fue ultimado el pasado día lunes 2 de mayo.

De las cinco grabaciones tal vez la que más destaca, es aquella en que aparece el ex-líder terrorista viendo televisión. Se encuentra vestido con una gruesa chaqueta color marrón y un gorro de lana oscuro. Se nota que en la habitación hace frío. Se le ve  manipulando con su mano derecha un mando a distancia. Está cambiando los canales de su televisión por satélite. El artefacto se encuentra sobre un escritorio para computadores estandarizados, del tipo “listo para armar”. Junto a la televisión, destaca un alargador al cual están conectados varios enchufes. Una instalación precaria, que alimenta a una serie de artefactos tecnológicos. Cables que suben por el muro hacía la antena satelital. Cables que conectan el televisor con el decodificador. Cables que alimentan al menos a dos computadores, que se ven a derecha e izquierda de Osama. Está sentado en el suelo, o al borde de una cama demasiado baja, lo que le hace mirar la pantalla de la televisión desde abajo hacia arriba, una postura que no se puede mantener por mucho tiempo. Busca los canales de noticias en una televisión cuya programación no incluye al parecer canales de deportes o películas. Un libro descansa bajo la televisión sobre una cubierta que se adivina no haber sido limpiada hace mucho tiempo. Toda la casa luce desordenada. El suelo de la habitación está lleno de cables, adaptadores eléctricos y enchufes, cubriendo casi por completo la alfombra de motivos árabes sobre la cual descansan los pies de Osama. Una cortina negra cubre algo que parece ser una ventana. Con su mano izquierda, Osama se acaricia la barba mientras balancea su cuerpo rítmicamente hacia delante y hacia atrás. A su izquierda una especie de cojín cubre parcialmente una calculadora del tipo que uno todavía encuentra en los almacenes de barrio, aquellos modelos que imprimen el resultado de las operaciones sobre un rollo de papel. De las tres pantallas que se observan, dos son de rayos catódicos y otra es de plasma. En la única que aparece encendida, Osama vuelve reiteradamente al menú de inicio. Luce inquieto. Por más que busca no logra dar con la noticia que espera. La calculadora, los computadores, todo hace prever que busca señales en los noticieros más allá de las imágenes. ¿Códigos, posibles objetivos, mensajes ocultos? Nunca lo sabremos. O solo sean señales de aburrimiento, de alguien recluido por cinco años en una casa demasiado pequeña, demasiado llena de gente, demasiado desordenada. Una casa sin vistas, anónima en su banalidad. Construida a partir de los desperdicios de occidente.

En el último refugio de Osama Bin Laden ha colapsado el espacio doméstico del siglo XX y XXI. Un espacio sobre-mediado, de ambientes en donde las tecnologías despliegan todo su detritus de cables, enchufes y alargadores. Ambientes de la reclusión y la televisión por cable, de artefactos que caben de cualquier manera, llenando todos los rincones. Espacios llenados a partir del detritus del capitalismo tardío, artefactos fabricados de plástico negro en algún punto de Malasia o Singapur, para ser luego trasladado a Pakistán.

En la casa de Osama, el anonimato pretendidamente buscado se vale del más abundante producto de la ciudad contemporánea: lo banal. Y de ahí su éxito traducido en casi seis años de invisibilidad. En el refugio de Osama colapsa la arquitectura anónima de los suburbios, de los extrarradios de las ciudades de los países en vías de desarrollo, de los estacionamientos de los supermercados, de los pisos técnicos de los rascacielos, de las bodegas de las tiendas outlet, de los call-centers. La contracara no sólo de la modernidad, sino de la post-modernidad e hiper-modernidad. Espacios sin ironía, ni invención, ni referente. Espacios sin historicidad, sino puro desecho. Espacios donde la narrativa, el relato, ha tomado la corporeidad catódica de los reality-shows. Espacios de la saturación, en donde los estratos ya no son geológicos, sino que más bien se comportan siguiendo la acumulación heterogénea de un basural o el fondo de un carro de supermercado a mitad del mes. Espacios en donde ya no hay lugar ni para el signo ni para el meta-texto, sino para la sobre-escritura propia del mensaje de texto o del tweed. Espacios contra-palimpsestos, de memoria a corto plazo, memoria post-it. Espacios de la pura instrumentalidad, de la super-inmanencia. En donde ya no hay fines, sino sólo medios. Espacios con la vida media de un envase de yogurt.

Osama no pudo entender mejor la materia de la que están construida gran parte de las ciudades del mundo contemporáneo – más allá de las arquitecturas de la alta cultura –  lo que hace a su último refugio el mejor lugar en donde podemos leer las trazas del mundo contemporáneo. La casa en Abottabad – así entendida – es puro Zeitgeist.

Casa llena.

Amal Ahmed Abdullfattah, la más joven de las tres esposas de Osama Bin Laden, permaneció durante los tres años que alcanzó a vivir en la casa de Abottabad, rodeada de gente. Además de su marido, tuvo que convivir con nueve de sus hijos, además de dos hermanos pakistaníes – Arshad y Tariq Khan –  y sus respectivas familias. En una superficie de casi media hectárea, los bin Laden realizaban gran parte de sus actividades cotidianas en la planta superior de su casa de tres pisos. Junto a ellos, mantenían una población animal formada por varios conejos – que acostumbraban regalar a los niños del barrio  – , más de cien pollos y una vaca preñada.

La casa se encontraba amueblada con lo mínimo. Un pizarrón en la primera planta servía de salón de clases para los niños, los cuales nunca fueron a la escuela. La casa estaba formada por una serie de dormitorios, cada uno de los cuales tenía incluido un baño y una cocina, lo que volvía altamente autónomo el funcionamiento de los recintos de la casa. A su alrededor – y cercado por un muro de 18 metros de altura – había una zona de cultivo, que suministraba gran parte de la dieta alimenticia de los Bin Laden. Dieta que por lo encontrado en la casa, estaba constituida principalmente por dátiles, nueces, huevos, aceite de oliva y carne deshidratada.

La casa no tenía aire acondicionado, pero sí un sistema de calefacción. Su construcción se realizó a partir de una serie de extensiones, llevadas a cabo a partir del bloque principal.

La vida al interior de la casa de Abottabad parecía discurrir monótona e igual. No había mayor contacto con el mundo exterior, a excepción a las visitas de los hermanos pakistaníes a la tienda de Rasheed, ubicada en la esquina. Lugar donde aprovechaban de comprar dulces y bebidas para los niños. El resto de las compras las realizaban los hermanos en el almacén de Sajid, emplazado junto a la carretera. Mientras que el abastecimiento de pan fresco, lo obtenían de un horno adyacente a esta.

La única persona con quien mantenían contacto era con su vecino, el campesino Shamraiz, quien les ayudaba con el mantenimiento del cultivo del jardín de la casa.

El resto de los días transcurrían igual detrás de los altos muros del jardín. La ciudad debió llegar en la forma de rumores escuchados a la lejanía, mezclados con el ruido de los animales y de la gente de la casa. La presencia de cocinas en cada uno de los dormitorios, junto a la escasez de mobiliario parece dar cuenta que se comía por separado, nunca o raramente en grupo. Una casa de dormitorios con puertas y ventanas cerradas, donde las noches y los días deben haber transcurrido en medio del miedo. Despertándose ante cualquier ruido. Esperando, aguardando, el asalto definitivo.

Bienvenido a la vida en los suburbios.

El mito de la caverna.

Tora Bora fue la obsesión de Donald Rumsfeld (quein fuera Secretario de Defensa del gobierno de Gerald Ford de 1975 a 1977, y de George W. Bush entre 2001 y 2006).

Tenía que borrar como fuera esa fortaleza construida por los talibanes – con ayuda estadounidense –  y que servía de escondite al hombre más buscado del mundo: Osama Bin Laden.

La imagen de la fortaleza de Tora Bora – emplazada al este de Afganistán-  pronto se cubrió con el aura del mito. Construida en las profundidades de la montaña, Tora Bora se creía equipada con su propio hospital, oficinas, dormitorios, una planta hidroeléctrica y un sistema de ventilación propio e incluso con carreteras con capacidad para transportar armamento pesado y tanques.

Pronto Rumsfeld se formó la idea que no sólo existía una única base inexpugnable, sino que habían muchas más, decenas de ellas. Sólo eso podía explicar los pobres resultados de los intensos bombardeos llevados a cabo sobre la montaña.

Tora Bora fue la caverna mítica que se opuso a ese otro mito que fue el rascacielos moderno. Un mito que el mismo Osama había convertido en su primer objetivo. Una operación de crítica arquitectónica que costó la vida a más de 3.000 personas ese 11 de septiembre en Manhattan.

Es así como a la organización de un artefacto espacialmente complejo, como es el caso de las torres proyectadas por Yamasaki, se opuso otro tipo de complejidad espacial, de signo y dirección contraria.

Esto queda de manifiesto cuando se revisan las imágenes de los periódicos que durante los meses que siguieron a los atentados mostraban Tora Bora en toda su magnitud espacial. Preferentemente explicada en sección, Tora Bora se presentaba a través de una serie de niveles, de pabellones y plataformas, los cuales se superponían dando forma a una red compleja de recintos. Una configuración espacial que por lo demás no podía estar más cerca a la complejidad espacial imaginada por parte de la escena (holandesa) de arquitectura de esos años. Diagramas que daban cuenta de una particular sensibilidad frente al espacio arquitectónico, que quedó registrado magníficamente en las obras del artista visual Leo Berk. Quien – interesado en el registro de espacios invisibles como son las minas subterráneas – produjo una obra titulada “Tora Bora” (2009). La cual consiste en tres pilares, de los cuales cuelgan una serie de cajas interconectadas, las cuales generan una serie de relaciones espaciales entre ellas. Escaleras, plataformas, cajas y volúmenes – dentro de los cuales se adivinan otras cajas – dan forma a este diagrama de la fortaleza de Bin Laden.

Lo inexpugnable de esta fortaleza, podría explicarse en parte, por la invisibilidad propia de la montaña. Y además, en la incapacidad para determinar su organización. Tomando prestado conceptos de Gilles Deleuze – cosa por lo demás era común en los ambientes arquitectónicos de comienzos de la década – se podría afirmar que Tora Bora sigue la estructura de un “rizoma”, que se “pliega” y “re-pliega”, construyendo una configuración que no se basa en ninguna idea a priori. La construcción de Tora Bora es puro proceso. Puro avanzar y excavar.

Tora Bora así representada, puede entenderse como el perfecto calce entre forma y programa. En la fortaleza, forma y contenido es una sola entidad. Es más, se puede afirmar que su forma es el contenido.

La biblioteca de Seattle estaría a la vuelta de la esquina.

Doom (promenade architecturale – redux).

El año 2003, los artistas Langlands & Bell crearían una obra titulada “The House of Bin Laden”, con la cual obtendrían el Bafta Award el 2004.

Los artistas en un viaje realizado a Afganistán el año 2002, hallaron los restos de una de las casas que le sirvieron a Osama como refugio en su huida los meses que siguieron a la incursión militar norteamericana en ese país. A partir de una instalación multi-media, Langlands & Bell reconstruyeron la guarida de Bin Laden. Es así como empleando tecnologías de realidad virtual, ofrecían a los visitantes la “experiencia” de recorrer los interiores de la casa. Una experiencia que tomaba prestada la narración en primera persona de los juegos de video famosos a mitad de los noventas, como el célebre “DOOM”.

El espectador previsto con un joystick y frente a una pantalla, podía recorrer los interiores donde aparecían registrados todos los objetos que daban cuenta de la vida cotidiana del líder terrorista. Un enfoque en donde el espectador además asumía el rol del agente que daba caza a Bin Laden (http://www.langlandsandbell.com/the-house-of-osama-bin-laden-video.html) Una “promenade architecturale” a través de la cual la ansiedad del voyeur se fusionaba con la del cazador. Un avanzar torpe y acelerado, por recintos de superficies constituidas por planos sin tectónica. En donde el material de la arquitectura había sido reducido a la bi-dimensionalidad de un mapping.

Una promenade architecturale que seguiría la lógica militar del “buscar y destruir”, en donde los espacios no son espacios para quedarse y permanecer, sino que para cruzar y avanzar a la siguiente etapa.

 

La casa más famosa del mundo.

Un muro de hormigón bañado por el sol separa la casa del resto de las casas vecinas. Ha sido estucado, aunque muestra zonas en donde el estuco ha cedido, dejando ver la imperfección de la ejecución de la obra gruesa bajo él. Está rematado por una alambrada de púas. Bajo el muro crece el pasto, es primavera. Junto al muro, los campos tienen los surcos abiertos, esperando ser sembrados. La casa es blanca. Tiene tres niveles. Cada uno marcado por la línea de una cornisa, formada por la proyección de las losas. Los muros muestran signos de humedad, mientras que la cal ha sido removida en algunas zonas exhibiendo el gris del hormigón. La casa tiene pocas ventanas y estas están ubicadas principalmente en el segundo piso. Las ventanas tienen marcos de madera al natural y pequeños toldos blancos, que aparecen recogidos. El tercer piso casi no tiene ventanas, solo un vano en su centro,  cubierto parcialmente con una placa de madera pintada de azul. Una serie de fierros que salen de la cubierta, hacen adivinar que la construcción contemplaba un cuarto nivel. Sobre la cubierta, aparece un volumen de albañilería sin ventanas. En el jardín crecen varios árboles de hojas verdes, algunos de ellos incluso alcanzan la altura de la casa. Otros, fuera de esta, crecen alineados a lo largo de una calle. Es primavera, y las montañas a lo lejos tienen tonos que van del azul al violeta. Es primavera, y el cielo tiene un azul intenso, sólo interrumpido por alguna que otra nube solitaria. Es primavera, y nadie de los que se acercan a la casa parece enterarse. Es primavera en un lugar de Pakistán. Es primavera, en la casa más famosa del mundo. VKPK.

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Un pensamiento en “La casa del Zeigeist: domesticidad y anonimato en las arquitecturas de Osama Bin Laden.

  1. Que ironico, que la ultima imagen que me llevo de alguien que promovio y causo las mas siniestras realidades sea la de el mismo, acurrucado con una manta, viendose a si mismo en la tele, remoto en mano, un televidente mas de este siniestro “Reality”.

    Me llevo tambien la lucida frase “En donde ya no hay fines, sino sólo medios.”.
    Sin embargo, discrepo en una cosa quizas. Supongo que la observacion de que ya no hay fines nace de las inmediaciones de una vision muy Fukuyama (Fukuyama, no es Fukuyima, 😉 ) del desarrollo de la cultura, o, mas divertido aun, de los Sex Pistols (“Don;t know what I want, but I know how to get it”).

    No creo que no haya fines, sino que no hay fines consensuados, no hay grandes relatos hegemonicos. Si, hay fines, pero son parciales, sectoriales, personales. En el subtexto del zeitgeist no hay, en mi opinion, falta de objetivos, sino una eclosion, democratizacion, y hasta personalizacion de los fines. Hoy gracias a dicha fragmentacion de visiones y a los medios y tecnologias que milagrosamente nos conectan, se da el hecho que si uno esta suficientemente despierto, puede crear y sostener su propio gran relato. Es mas, de forma un tanto escalofriante, el recientemente desaparecido Saudita es ejemplo de ello.

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