¡Oh, Spiderman!: Souto de Moura, el Pritzker y el mal de altura.


¡Oh, Spiderman!: Souto de Moura, el Pritzker y el mal de altura. Por: Gonzalo Carrasco Purull + Pedro Livni.

Ya es oficial. El premio Pritzker este año recayó en el arquitecto portugués Eduardo Souto de Moura (Oporto, 1952). Una elección coherente con un jurado que los últimos años ha destacado prácticas caracterizadas por la contención formal y argumental, una cierta elegancia en los modos y sobre todo por una concepción de la arquitectura como arte y como pieza autónoma, regida por sus propias leyes. Arquitecturas de la corrección, de la coherencia  y de un depurado oficio, en donde el material y la medida son los temas en donde se juegan los proyectos. Una línea dentro de la cual se enmarcan los pasados ganadores Peter Zumthor y SANAA. Una línea curatorial que acerca al jurado al tono que uno puede encontrar en publicaciones como Casabella, en donde las obras aparecen bellamente fotografiadas, en gran formato, con la soledad característica de una pieza de museo o la quietud de un claro de bosque o convento.

La elección de Souto de Moura es por lo tanto una decisión de una coherencia excepcional en cuanto a lo que se espera del arquitecto contemporáneo. Al menos por parte de los integrantes del jurado  – Lord Palumbo, Alejandro Aravena, Carlos Jiménez, Glenn Mercutt, Juhani Pallasmaa, Renzo Piano, Karen Stein y Martha Thorne . Pero, sin desmerecer a un arquitecto de talla mayor como es Souto de Moura, cabe al menos preguntarse – y especialmente a la luz de los últimos acontecimientos mundiales – ¿si una práctica como la de Souto de Moura encarna el rol del arquitecto contemporáneo? O dicho de otra forma, ¿actualmente lo que se espera de un arquitecto contemporáneo es exclusivamente la producción de “magníficas piezas de arte”?

Sea la que sea la respuesta, el sólo hecho de formular esta pregunta resulta incómodo. En un escenario contemporáneo en que la agenda parece estar dominada por el riesgo, la entropía y el desastre; en un mundo dominado por la carestía: de recursos naturales, de recursos económicos, de recursos energéticos, de vivienda, ¿es posible sostener aún que lo que produce el arquitecto contemporáneo es únicamente obras de arte?

Lamentablemente, cuesta sostenerlo, al menos sin mala conciencia.

Mal de altura.

Esta es una incomodidad experimentada por el propio Souto de Moura. Tal como lo expresa al recordar su participación en el proyecto para la Torre Burgo (2007). Pero ¿de dónde puede surgir esta “incomodidad”? Como lo reconoce el arquitecto, una torre de oficinas de 20 pisos es algo inusual para quien se siente más cómodo con el diseño de casas. Una escala en donde el arquitecto – entendido como artífice y artista – puede reinar. Una predilección que Souto de Moura ha plasmado notablemente en casos como son la vivienda para la Quinta do Lago (1984) o la casa en Alcanena (1992). Una escala en donde no es tan sólo la vista la que aprende la obra, sino esta se reconoce con todo el cuerpo. La obra se entiende recorriéndola, paso a paso, tocándola mucha de las veces. Un ámbito de la experiencia, en donde lo háptico tiene tanta importancia como lo óptico.

Y de ahí la incomodidad que reconoce Souto de Moura experimentar con la Torre Burgo. Ahí el artista tuvo que de lleno vérselas con un tipo de proyecto tensionado por múltiples factores:con un cliente abstracto (mercadoinmobiliario),con una industria de la construcción alejada de la organización propia de una mano de obra vernácula y local,con un emplazamiento que tiene que negociar con una ciudad existente,con un mismo edificio que en su complejidad admite la participación de múltiples profesionales,dentro de los cuales el arquitecto es uno más.

¿Qué es lo que queda de esto? Pues bien, la incomodidad de un proyecto que parece haber cambiado de estado. ¿Es aún arquitectura? Si,  y no. Si, en cuanto a la respuesta obtenida (¡Si hombre, que es un edificio!). Pero su pertenencia como pieza de arte, si bien perdura en Souto de Moura, esta al menos aparece debilitada, difusa, como una fotografía con sus contornos borrosos, menos definidos.

Y después de eso poco importan sus referencias – existentes o imaginarias – a las arquitecturas de un Mies van der Rohe. La Torre Burgo nace de la incomodidad, de un proyecto que se relaciona de manera incómoda con su entorno, que llega al piso incómodamente, quedando  su misma fachada en una posición incómoda respecto al comportamiento del muro cortina (¿muro o cortina?). Una llegada al suelo resuelta casi sin articulación, desatendiendo uno de los problemas principales de la torre – basamento, desarrollo y remate. Un modo de llegar al suelo problemática, que previamente Souto de Moura había experimentado en las viviendas en Maia, trasladando la grilla que se puede encontrar en un edificio de oficinas, a un ámbito domestico – una estrategia de desplazamiento ya planteada por Jeff Wall al referirse a la obra de Dan Graham.

Sin embargo, la principal incomodidad en la Torre Burgo parece descansar en lo que resulta tan espléndido en las casas de Souto de Moura: su característica de ser arquitecturas aprendidas por el ojo y la mano, por la experiencia de un sujeto que las recorre. Y de esto poco y nada hay en la Torre Burgo. Todo allí es exclusión de la mano y por el contrario, el reino del ojo. 

Pero, ¿no será que la incomodidad de Souto de Moura es resultado de que se ha tocado uno de los límites de una manera particular de entender la arquitectura?  Y esto es una pregunta que encierra tal vez la más importante de las incomodidades.

¡Oh, Spiderman!

El día de ayer los habitantes de Dubai fueron asombrados nuevamente. Y esto no es poco para unos ciudadanos acostumbrados a ser testigos de las piruetas, gestos y fuegos de artificios de mayor sofisticación de una escena arquitectónica dominadas por el exceso y el espectáculo. Lo que ayer presenciaron fue el fabuloso hecho de ver un hombre que, por sus propios medios, ascendió la fachada del hasta ahora el edificio más alto del mundo. Ayer, el francés Alain Robert escaló los 828 metros del Burj Khalifa, en un ejercicio que desafía como nadie la misma naturaleza de los edificios altos de oficinas, recordándonos el día, ya lejano (1974) que Philippe Petit camino haciendo equilibrio por un cable tendido  entre las desaparecidas torres gemelas del WTC en Manhattan. Edificios pertenecientes al reino de la visión, del fachada-ismo, de la envolvente corporativa, de la imagen de “ciudad de clase mundial”. Un mundo de la apariencia y la exclusión, en donde todo se deja fuera, comenzando por el sujeto y la experiencia. Ayer Robert – conocido  como “spiderman” – puso a prueba una vez más la altura de la torre contemporánea, aprendiéndola no sólo con la vista, sino con la mano y todo su cuerpo. Ayer, Alain Robert devolvió por un instante a la arquitectura al dominio de lo háptico por sobre lo óptico. Y eso hoy por hoy, es un asunto peligroso, subversivo.  Porque la propiedad privada, al igual que las torres y las piezas de museo, no están para tocarse.

Arquitectura, un asunto incómodo.

Si a raíz del Pritzker de Souto de Moura se abría la pregunta en torno a lo que se espera hoy en día de la profesión, el ascenso al Burj Dubai subvierte la forma en que nos relacionamos con el que quizás ha sido el principal protagonista – y culpable – de la construcción de la ciudad contemporánea.  Es dentro de esta discusión, en que es quizás posible esbozar una posible salida – provisoria, incompleta y aún apresurada –en la propia escalada de Alain Robert.

Tiempo atrás, Rem Koolhaas comparaba el actuar del arquitecto contemporáneo con el de un surfista que se relaciona con lo cambiante del escenario actual, viajando de ola en ola. Si en el tropos escogido por Koolhaas (arquitecto=surfista), el arquitecto corre el peligro de convertirse en un personaje cínico y oportunista, en el caso del ascenso de Alain Robert esto no sucede.

Tal vez el arquitecto contemporáneo es como él, para quien antes que nada la arquitectura es un asunto incómodo. Tiene un fin, prevé la cima de la torre, pero la arquitectura le ofrece resistencia. Reconoce que ella es compleja y ofrece múltiples rutas. Todas llegan a la cima. Pero debe escoger aquella que se adecúe más a sus fuerzas y reales posibilidades, que a sus deseos y fantasías. Algo parecido a la construcción de un puzle. La arquitectura se resiste, pero se avanza sólo si se adoptan posturas, puntos de vistas y posiciones no comunes.  Posturas que se toman para avanzar, sabiendo que sólo son posiciones momentáneas, que se toman y se dejan. El arquitecto así, avanza reconociendo una superficie compleja, angulosa, con aristas que pueden hacer del avance algo riesgoso. Arriba, nada es seguro. Arriba, ya no hay suelo bajo nuestros pies. Sólo nuestras manos, pies y cuerpo agarrados a la contingencia que nos ofrece la arquitectura. Un equilibrio precario, y tal como están los tiempos, peligroso y subversivo.

Pero cuentan que el aire allá arriba es más claro y diáfano.VKPK.

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